Hipermodernidad: De las redes sociales, los excesos de presente; Irracionalidad y Goce.

La hipermodernidad enfatiza la velocidad, el consumo exacerbado y la precarización de los vínculos sociales.

Mundo Hipermoderno

Empecemos por caracterizar la hipermodernidad: concepto utilizado por diversos filósofos entre ellos Byung-Chul Han y que Catherine Malabou, filosofa; complementa con una caracterización de plasticidad. Ambos conceptos hacen inferencia a una fase en la que, tras la modernidad y la postmodernidad, el vértigo y la aceleración alcanzan niveles extremos. Un periodo que se caracteriza por un exceso de innovación, de fragmentación acelerada del tiempo y el espacio, y a una tendencia a la hiperindividualización y la superficialidad.

La hipermodernidad enfatiza la velocidad, el consumo exacerbado y la precarización de los vínculos sociales.

En su obra La sociedad del cansancio (2010), Han describe cómo la cultura de la hiperactividad y la autosuperación genera un estado de exceso, donde la fatiga ya no se experimenta como una limitación, sino como una forma de fitting en la constante exigencia de estar siempre activo y productivo. “El cansancio no es el resultado de una falta de energía, sino un exceso de ella,” escribe Han, señalando que vivimos en un entorno que exacerba el rendimiento y donde la rapidez impide la pausa y la reflexión auténtica (Han, 2010, p. 29).

Asimismo, en La agonía del eros (2012), Han advierte que esta aceleración no solo afecta la vida cotidiana, sino que también trastoca las relaciones afectivas, reduciéndolas a intercambios superficiales y de corto plazo. La superficialidad se vuelve norma, y, en esa lógica, “el tiempo se reduce a un espacio de consumo instantáneo,” haciendo que la experiencia emocional y la profundidad de los vínculos se diluyan (Han, 2012, p. 47).

Por su parte, Malabou en La belleza del reparo (2014), caracteriza la cultura actual por encontrarse en un proceso de desmontaje y reconfiguración constante, en el que los seres humanos ya no son sujetos fijos, sino que se ven sometidos a una «plasticidad» que puede ser tanto creativa como destructiva. Ella afirma que “la identidad se vuelve un proceso abierto y en continuo cambio, no una estructura fija, sino una forma de afinidad y transformación” (Malabou, 2014, p. 102). 

Malabou complementa la idea de que la cultura neoliberal y tecnológicamente acelerada nos somete a modos de existencia donde la plasticidad se torna en una forma de vulnerabilidad: “La libertad de cambiar y reconfigurar nuestro ser se convierte en una fragilidad que nos hace más inseguros y en necesidad constante de readaptarnos,” (Malabou, 2014, p. 125). En esa lógica, la inestabilidad se vuelve parte de la condición humana, y el sujeto pierde en cierta medida la solidez de sus propios límites.

Redes sociales y exceso de presente

En la era digital, las redes sociales y el flujo incesante de información y estímulos han transformado el modo en que vivimos y experimentamos el tiempo y el deseo. El tiempo en la sociedad moderna se ha comprimido en un presente líquido en el que todo debe ser ahora, rápido y constante. Conceptos como la modernidad líquida (Baumann), que caracteriza la actualidad social en relaciones fluidas y contingentes, en las que la idea del compromiso duradero se diluye. La amistad, el amor o el trabajo se vuelven formas de encuentros efímeros, y donde el presente se vive como una experiencia de consumo rápido, sin profundización ni estabilidad, alimentan una percepción de que la vida se reduce a momentos de gratificación instantánea. Esta gratificación instantánea; que urge a todo medio comunicar y satisfacer en la inmediatez -15-60 segundos dura un video para ser exitoso en redes- obtura todo posibilidad de pensamiento futuro así sea un futuro inmediato, esta lógica de gratificación al servicio del chasquido de dedos ha creado un fenómeno particular: el exceso de presente.

Este exceso produce una constante aceleración y una hiperexigencia por estar siempre activo, siempre disponible generando cansancios extremos -aun cuando la actividad haya sido scrollear hacia arriba y abajo-. Creemos que las redes sociales son una forma de despejarnos del quehacer diario sin embargo lo que es cierto es que son las principales causantes – el lobby- de la cultura de la productividad. Estas, generan un estado en el que el cuerpo y la mente se sobrecargan, debilitando la capacidad de detenerse, de reflexionar y disfrutar de formas más profundas de la temporalidad y el vínculo con uno mismo.

Este exceso de presente causa consecuencias en la subjetividad: se pierde la capacidad de la paciencia, de la espera, y se ahoga la experiencia del silencio, de la pausa, que son fundamentales para una vida plena y consciente. La cultura del “todo ahora” no solo nos priva de la reflexión, sino que también fomenta un estado de agotamiento interno y una sensación constante de insatisfacción, pues en la inmediatez no hay tiempo para la asimilación y para la creación de significado.

La inmediatez, la data y las TI en deterioro de la racionalidad

La cultura de la velocidad y la saturación informativa desbordan los límites de nuestra racionalidad humana. La constante disponibilidad de datos y el ritmo vertiginoso en que se intercambian, consumen y producen informaciones que nos llevan a una pérdida progresiva de la capacidad de reflexión profunda y de análisis crítico. La inmediatez, en este contexto, se convierte en un enemigo de la racionalidad en tanto la racionalidad requiere tiempo y distancia para elaborar juicios fundamentados.

En la cultura de la info-automatización, la velocidad se vuelve un valor en sí mismo, y el pensamiento racional, que necesita pausas para relacionar, cuestionar y entender, se ve desplazado por respuestas instantáneas, emocionales y superficiales. La mentalidad del “todo ahora” suprime el proceso de deliberación y análisis, y favorece la decisión rápida basada en datos fragmentados, muchas veces sin contexto ni reflexión. No hay narrativa en los datos, solo hay data y una narrativa especulativa por construir a partir de ella.

Este fenómeno produce un efecto equivalente a una “racionalidad deformada”: en lugar de promover decisiones fundamentadas, la inmediatez alimenta una lógica de consumo, de reacción y de superficialidad. La capacidad de meditar, de comprender en profundidad y de cuestionar la información se ve afectada por la búsqueda constante de la respuesta inmediata, que promueve una forma de pensamiento más emocional, menos crítico y más susceptible a la manipulación.

La pérdida de paciencia para la reflexión y la incapacidad de dedicar tiempo a la elaboración de sentido son síntomas claros del deterioro de la racionalidad. La cultura digital, que intensifica la inmediatez, produce un sujeto que vive en un estado de dispersión y fragmentación mental, en el que el “pensar con calma” se vuelve una excepción, y no la regla.

Goces Hipermodernos

Deseo

Partimos del hecho que el sujeto, el humano; es un ser de la falta. Esto es:  que somos seres incompletos y que eso es lo que determina la vivencia humana. No existe una complementariedad entre el deseo y los objetos, en este sentido podemos hacer inferencia de que el deseo del sujeto nunca será satisfecho y que es justamente eso lo que determina la vida, en tanto un vivir por y para algo.

El deseo es entonces la expresión de la falta, del anhelo que nunca puede ser completamente satisfecho. Es una fuerza que impulsa al sujeto a buscar aquello que le falta y que, en su estructura, está en constante devenir. El deseo siempre apunta hacia una falta que nunca se colma, y por eso es interminable, insatisfecho.

¿Qué es el goce?

El goce, por otro lado, es esa experiencia intensa, a veces dolorosa o transgresora, que se sitúa en la frontera del deseo. J. Lacan describe el goce como un exceso que va más allá del placer, una satisfacción que lleva al sujeto a una dimensión donde el dolor y el placer se funden. El goce no termina cuando el deseo se satisface, sino que se experimenta en los límites del gozo o en la repetición de patrones que, aunque dolorosos, se vuelven irresistibles.

El goce se relaciona con las experiencias en donde la frontera de la satisfacción se traspasa, produciendo un exceso que puede ser seductor, pero también muy destructivo. En cierto sentido, el goce es la forma en que el sujeto se agrede o se sacrifica en la búsqueda del sentido, en esa relación con la falta.

En palabras sencillas, el goce sería esa sensación intensa y a veces incómoda que sentimos cuando una experiencia nos conecta con lo profundo de nuestro deseo, aunque implique dolor, frustración o un desajuste con las normas sociales. Es un placer que requiere un acto de transgresión y que revela que la vida no se reduce solo a la búsqueda del bienestar, sino también a una confrontación con nuestras propias limitaciones y quiebres.

Anudación

Este complejo contexto entrelazado entre RRSS, exceso de presente e irracionalidad favorece un exceso de goce. Si pensamos que los contextos socioeconómicos no generan afectaciones en la salud mental, es probable que sea por la misma psicologización-atomización, posición de compromiso que estos mismos sistemas han creado como una falsa expectativa en el sujeto. Por ejemplo la resiliencia como concepto  post-moderno, que traslada la adaptación del sujeto a ambientes y políticas socioeconómicas en que la adaptación podría justamente ser una victimización total o una desviación ética.

Esa búsqueda perpetua de placer y satisfacción instantánea que en la teoría de Lacan se relaciona con la pulsión de vida y la inversión en objetos que ofrecen gratificación en el momento, sin un verdadero deseo que busque un significado duradero, es mayormente dolorosa. Las redes sociales, con su cultura del like, la validación inmediata y la exposición constante, impulsan goces fugaces y superficiales que solo refuerzan la ilusión de satisfacción, pero que en realidad generan vacío y repetición.

La combinación del sistema líquido, plástico, de relaciones y el exceso de presente, que denuncia Han, crean un escenario propicio para el exceso de goce que Lacan describe como una búsqueda interminable de placer que nunca llena la falta, pero que ubica al sujeto en lugares de compromiso sumamente dolorosos. La tecnología, en su inmediatez, alimenta un deseo que se alimenta a sí mismo en ciclos de gratificación momentánea, dejando en el sujeto una sensación de insatisfacción y vacío que, paradójicamente, profundiza el hambre de más goce y más consumo. El objeto a mutado a ser un objeto de consumo y no del placer.

Es así como, en la cultura actual, todo parece ir demasiado rápido. La velocidad, la cantidad de información y la constante exigencia de estar disponibles crean un ritmo en el que el tiempo se vuelve líquido, reducido a momentos fugaces que apenas permiten detenerse a pensar o sentir profundamente. La percepción del presente se ha acelerado hasta el punto de que la vida misma se experimenta como una sucesión interminable de estímulos, donde lo que importa es el ahora, sin pausa ni reflexión auténtica. Esa inmediatez nos sobrecarga, nos cansa y, en cierto modo, nos aleja de lo que realmente nos conecta con nosotros mismos y con los otros. Esto último es importante: los vínculos son mayormente transformadores, tanto el vínculo con uno mismo como con los otros. Esta velocidad desmesurada y el imperativo del presente como un único tiempo, no permite al sujeto vincularse con él mismo, generando una pérdida de paciencia y de capacidad de estar en silencio, de disfrutar y de reflexionar. Las pasiones también se han perdido, cada vez son menos los artistas, los músicos, los escritores etc.

La cultura digital, con sus “likes” y la exposición constante, alimenta la ilusión de satisfacción rápida, pero en realidad deja un vacío profundo. Nos acostumbramos a buscar la gratificación instantánea, a llenar el momento con estímulos, sin dar espacio a la profundidad o a la elaboración interior. Estos son formas de goce que, aunque seductores, en el fondo nos dejan insatisfechos y desconectados de nuestro deseo genuino.

El deseo se obtura y pierde su fuerza, se reduce a una búsqueda interminable de placer momentáneo. La ilusión de plenitud en los estímulos fugaces refuerza un ciclo donde, en realidad, no hay un fin real, solo un vaivén de sensaciones superficialmente gratificantes. La tecnología y el ritmo vertiginoso en el que vivimos generan un estado donde el vacío y la frustración parecen ser cada vez más presentes, y dónde la verdadera calma, el pensamiento profundo y el goce auténtico parecen estar desapareciendo.